Seguridad y construcción de paz: los tiempos

17 de noviembre de 2018

La paz no se limita a la ausencia de violencia. No obstante, la construcción de paz es un camino muy largo, a veces demasiado largo para efectos de lo que hoy, ante los niveles de violencia que experimentamos en México, nuestra sociedad demanda. ¿Cómo entonces deben plantearse los conceptos, las estrategias y los tiempos para lograr la meta de construir paz en el país? ¿Cumple realmente el plan nacional de paz y seguridad presentado por el gobierno entrante con la claridad en esos conceptos y tiempos? Aclaro que no soy experto en cuestiones de seguridad pública. Mi especialización es sobre temas de conflicto y construcción de paz, por lo que es desde esa óptica que reviso algunas nociones al respecto.

Seguridad y paz no son sinónimos. Parte del estar en paz, en efecto, consiste en sentirnos seguros, pero eso no siempre es resultado inmediato de cifras de seguridad material; piense usted en el relativo bajo número de muertes por terrorismo en ciertos países como EU desde el 2002, en contraste con otros tipos de violencia y, sin embargo, los altísimos niveles de ansiedad que éste sigue produciendo. La parte negativa de la paz (eso que no debe haber para que se considere que una sociedad está en paz) consiste en ausencia de violencia y ausencia del miedo a la violencia. La parte positiva de la paz incluye aquellos factores que activamente la generan o la constituyen, y son todas esas “actitudes, instituciones y estructuras que crean y sostienen sociedades pacíficas” (IEP, 2018). Así, a partir de investigación de las circunstancias políticas, económicas, sociales y culturales de decenas de países que muestran altos niveles de paz a lo largo de los últimos 65 años, distintos autores nos explican los factores estructurales que se encuentran detrás de esas sociedades. Condensando esos conceptos, el Instituto para la Economía y la Paz describe ocho indicadores en los que dichas sociedades, de manera clara y constante, muestran mejor desempeño que las sociedades que carecen de paz. Estos son los ocho pilares o columnas de la paz: (1) gobiernos que funcionan adecuadamente, (2) distribución equitativa de los recursos, (3) el flujo libre de la información, (4) un ambiente sólido y propicio para negocios y empresas, (5) un alto nivel de capital humano (generado a través de salud, bienestar, educación, capacitación, investigación y desarrollo), (6) la aceptación de los derechos de otras personas, (7) bajos niveles de corrupción, y (8) buenas relaciones entre vecinos (cohesión social).

Por consiguiente, la inclusión de algunos de esos factores dentro de las estrategias del gobierno entrante, es algo que tiene sentido. Se trata de temas relevantes que teníamos que haber incorporado transversalmente a nuestras estrategias de seguridad desde hace muchísimo tiempo. Dicho lo anterior, algunas observaciones al respecto:

La primera: la paz, como dije, no se limita a la ausencia de violencia, pero sí la incluye. Por tanto, atender ese ángulo “negativo” de la paz se convierte en una condición necesaria, si bien insuficiente, para pensar en entornos en los que se puedan implementar estrategias de construcción de paz positiva. Esto es lo que en la literatura especializada se conoce como el “peacemaking”. De manera tal que un plan de paz y seguridad necesita delinear pasos y medidas concretas de corto, mediano y largo plazo que garanticen la eventual ausencia de violencia, o cuando menos, la reducción de la misma. Naturalmente, este será el primer

foco de atención de una ciudadanía que lleva años viviendo bajo el terror y el estrés que éste produce. Solo por citar un dato, nuestras investigaciones han detectado síntomas sugerentes de estrés post traumático en 25 estados de la república al menos 10 veces superiores que en estudios previos al 2006. La cuestión es que la investigación ha encontrado que, bajo esas circunstancias, no tendemos a priorizar los factores que construyen paz positiva. Una población que está sujeta al miedo y al estrés a causa de la violencia, mayoritariamente tiene una prioridad en la mira: su seguridad inmediata, la cual, en su apreciación, se encuentra directamente relacionada con las amenazas percibidas, no con las columnas de la paz.

La segunda: las estrategias de construcción de paz positiva (o “peacebuilding”), sobre todo después de tantas décadas de haberlas desatendido, no reducen la violencia de manera automática. Es decir, edificar aquellas columnas que van a sostener a esa gran construcción que se llama “paz”, toma muchos años. Es, por supuesto, inescapable el tener que colocar ladrillo por ladrillo, asegurarse que los pilares puedan sostener la construcción de manera firme y sólida, y garantizar que la estructura permitirá que el edificio no sufrirá daños cuando ocurra alguna eventualidad, o que tenga formas de recuperarse si acaso ello ocurre. Pero no se puede esperar que, si hoy finalmente vamos a aplicar medidas que quizás consigan un mayor desarrollo humano o una menor corrupción, o acciones para fortalecer nuestras instituciones o acaso reducir unos pocos puntos nuestra elevadísima impunidad, estas medidas resulten inmediatamente en una disminución de violencia del tamaño que nuestra sociedad material y psicológicamente golpeada lo demanda.

Permítame poner un ejemplo que ya había compartido previamente. En los años 90, mediante investigaciones que abarcaron decenas de países estudiados a lo largo de décadas, el Banco Mundial demostró fehacientemente que el crimen violento se encuentra altamente correlacionado con la desigualdad socioeconómica. A mayor desigualdad, mayores niveles de crimen violento. La autora Maia Szalavitz (2018) explica que existen al menos 60 investigaciones académicas posteriores que corroboran estos hallazgos: “La desigualdad predice las tasas de homicidio mejor que ninguna otra variable, dice Martin Daly, profesor emérito de psicología y neurociencia de la universidad de McMaster en Ontario y autor del libro ‘Matar a la competencia: desigualdad económica y homicidio’”. Así que es entendible por qué trabajar en reducir la desigualdad es uno de los pilares que construyen las estructuras que sostienen la paz. A la inversa, disminuir el crimen violento sin abatir nuestros altos niveles de desigualdad, es algo inalcanzable. Lo era en 2006 cuando se lanzó la guerra contra el narco, y lo es hoy cuando experimentamos las tasas de homicidio más elevadas de las últimas décadas. Sin embargo, y acá está el detalle: los expertos también explican que una vez desatados niveles de violencia como los que padece México, se pueden lograr importantes progresos en acortar la desigualdad sin que ello se traduzca inmediatamente en una reducción del crimen violento. No al menos durante un largo período de tiempo. Es decir, esas investigaciones y correlaciones son solo estadísticas, no son magia. Los pilares de paz son columnas que hay que ir edificando lenta y firmemente para producir esos cimientos sólidos que nunca construimos.

Por cierto, de la lectura seria de la investigación que sustenta a esas ocho columnas o pilares de la paz positiva, se entiende que estas acciones no se limitan a la política social o al combate a la corrupción, sino que incluyen otras cuestiones como el ir paulatinamente edificando instituciones públicas que funcionen y cumplan con sus objetivos. Es en ese sentido en el que se debe distinguir entre las funciones de los cuerpos militares y las de las policías federales y locales, y, por tanto, garantizar que no se institucionalice el traslape de facultades entre estos cuerpos. En otras palabras, construir esa columna de la paz que se llama “gobiernos que funcionan adecuadamente”, abarca medidas para que eventualmente las instituciones de seguridad en todos los niveles de gobierno cumplan eficazmente con las funciones que históricamente les hemos asignado, no que unas sustituyan a otras porque las segundas han dejado de servir.

La conclusión es entonces obvia: es crucial entender (y clarificar) los tiempos. Las estrategias de construcción de paz positiva son indispensables, necesitan ser planteadas de manera comprensible y palpable, con objetivos y acciones que puedan rendir resultados en al menos los ocho rubros mencionados arriba tanto en el corto como en el mediano y en el largo plazos. Pero mientras esa parte hace su trabajo, y asumiendo que de verdad empezáramos a caminar en esa dirección, es forzoso de manera paralela implementar estrategias que abatan los picos de violencia que padecemos. No hay alternativa. Debe quedar claro al nuevo gobierno que es justo en este último rubro que su gestión será valorada positiva o negativamente por una ciudadanía que, bajo el terror, de manera natural, ha perdido la paciencia.

Twitter: @maurimm

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