Diálogos por la paz: ¿Reconstruirla? ¿Recuperarla?

Diálogos por la paz: ¿Reconstruirla? ¿Recuperarla?

Por Mauricio Meschoulam. Publicado en El Universal el 29 de mayo de 2012. Enlace original: https://bit.ly/2Hwxrag

Cuando se habla de reconstruir o recuperar algo, se implica en el discurso que ese algo ya existía y luego se perdió, o bien se destruyó. Por ello hay que reconstruirlo. Lo delicado del tema es que cuando ese algo es un estado tan trascendente como la paz, si no sabemos exactamente a dónde queremos llegar, sin duda alguna equivocaremos estrategias y tácticas, y no será algo que alcanzaremos jamás. Es decir, si partimos de la base de que antes sí había paz, y hoy ya no, entonces sólo bastaría idear el modo de recomponer el estado de cosas para que éstas retornen a su situación previa. Me temo, sin embargo, que el asunto es mucho más complejo, y que algunos de nosotros, los necios, tendremos que aprovechar cada ocasión que se nos brinde para repetirlo.

Acá hay una. Este lunes, en los diálogos por la paz, más de un actor dijo que es necesario “recuperar” o “reconstruir” la paz. Eso no sólo denota un error en el discurso sino en la comprensión del tema.

No podemos decir que antes del 2006 sí había paz por una razón muy simple: la paz no consiste exclusivamente en la ausencia de violencia, ausencia de balas o ausencia de guerra. ¿Qué es entonces lo que sí compone la paz, lo que la fabrica? La paz está compuesta por toda esa serie de factores estructurales que permiten a las sociedades coexistir armónicamente, cohesionarse e integrarse (Alger, 1987; Galtung, 1985; Institute for Economics and Peace, 2010). Pero para poder integrar realmente a los elementos de una sociedad se requiere una larguísima lista de componentes que se construyen a lo largo de una historia. Se trata entre otras cosas de todos aquellos temas como el crecimiento económico, pero ese que incluye a los sectores sociales, a las regiones de los países, ese que reduce la desigualdad, el que permite el desarrollo humano, el empleo digno, el acceso a oportunidades, la salud, la educación. Todos los factores que se le puedan ocurrir a usted en materia de democracia, de equilibrios, de rendición de cuentas, de transparencia, de libertades. Todo lo que tiene que ver con el respeto a la ley, a su cumplimiento, la impartición de justicia. Todo discurso o acción encaminados a integrar a los miembros de una sociedad desde las estructuras cabrían bajo este esquema. Y sí, también la seguridad. Eso es la paz.

La violencia estructural se presenta en cambio, cuando existen condiciones de hambre, pobreza, subdesarrollo, desigualdad, falta de acceso a oportunidades, déficits en la educación, corrupción, ilegalidad, falta de libertades, de equilibrios, de competencia, una democracia inexistente o defectuosa, violaciones a los derechos humanos, inequidad de género, fallas o ausencia de impartición de justicia, y un larguísimo etcétera. La diferencia de esta concepción es que estos factores no son los causantes de la violencia. Estos factores son violencia. Y nuestro país, desafortunadamente, ha estado plagado de ellos desde antes de nacer como nación.

Claro, cuando además de eso llegan las agresiones, las balas, los muertos, los crímenes de alto impacto y los colgados, sentimos amenazas a nuestra seguridad y creemos que paz consiste en regresar a las circunstancias en las que estos últimos elementos no estaban presentes. Porque ahora, al ya grave estado previo de cosas, hay que agregar un incontable número de víctimas por la violencia directa y un número incluso mayor de esas otras víctimas de las que pocos hablan, las del trauma y estrés que aquella también genera (y que en este espacio hemos documentado con amplitud).

En estos momentos, por tanto, el nada sencillo reto al que nos enfrentamos como sociedad es atender esos factores de violencia estructural que tantas décadas descuidamos, mientras que –y esta es la parte más difícil- también (no en vez de) atendemos la imperativa necesidad de desactivar la violencia directa y atenuar los efectos de trauma y estrés en la población. Lo grave es que si sólo pensamos en unas medidas descuidando las otras, no podremos hablar de paz como meta verdadera. Esa es la lógica que mueve a México Con Paz hace unos meses a elaborar 10 propuestas que busquen al menos conceptualizar estos elementos en su enorme complejidad:  El largo plazo, el mediano plazo y el corto plazo. A la vez.

Apoyar propuestas que mejoren la educación, que fomenten la cohesión social, el respeto a la legalidad, o incluso medidas tendientes a reducir la violencia directa y el crimen, tiene mucho sentido, pero sólo si ello se hace dentro de un esquema integral que incluya los otros componentes que constituyen la paz de raíz. De lo contrario estaremos trabajando de manera aislada, y siempre habrán piezas del engranaje que podrán destrozar el sistema entero.

Si comprendemos, en cambio, si reconocemos con humildad que el motor que necesita agitar a nuestra sociedad no es la recuperación sino la construcción, la edificación, la arquitectura de una paz que nunca hemos tenido, entonces estaremos verdaderamente pidiendo perdón y honrando a las víctimas. Y no sólo a las 60,000 de los últimos años, sino a las de nuestra historia entera.

¿Usted qué piensa?

Twitter: @maurimm

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