Imagen: @ClaraBrugadaM en X
Publicado en El Sol de México
En la Ciudad de México conviven mundos paralelos. A escasos kilómetros de distancia, la calidad del espacio público y las posibilidades de convivencia varían de manera drástica según la colonia y el perfil socioeconómico de quienes la habitan. Esta desigualdad no es solo un problema de planeación urbana: es también un problema de paz.
Hablar de paz implica ir más allá de la ausencia de violencia. Johan Galtung distingue entre paz negativa —la mera ausencia de conflicto— y paz positiva: la presencia activa de justicia social, cohesión comunitaria y estructuras capaces de satisfacer las necesidades fundamentales de las personas. Bajo esa lógica, un parque deteriorado o un barrio sin espacios de encuentro no son solo carencias urbanas. Son expresiones de violencia estructural que erosionan, día a día, el tejido social de las comunidades más marginadas del país.
En Iztapalapa, las Utopías —Unidades de Transformación y Organización Para la Inclusión y Armonía Social— ofrecen una respuesta concreta. Albercas, bibliotecas, talleres de danza y música, canchas, casas de atención a mujeres víctimas de violencia: catorce espacios gratuitos que han transformado no solo la infraestructura, sino la vida cotidiana de una alcaldía que cargaba décadas de abandono y estigma.
Lo que hace distintas a las Utopías no es su inversión pública. Es su apuesta por lo simbólico. Como señala Zaragoza Ramírez (2024), la potencia de estos espacios radica en las actividades culturales y humanísticas que propician la vida en común: la apropiación del espacio público genera arraigo, pertenencia e identidad comunitaria. Cuando alguien aprende a nadar o lleva a sus hijos a un parque seguro cerca de casa, está haciendo suya una parte de la ciudad que históricamente le fue negada. Eso es, exactamente, paz positiva en acción.
Las comunidades más golpeadas por la violencia en México no necesitan únicamente más policías ni más cámaras. Necesitan espacios donde los jóvenes tengan opciones distintas a la calle y las familias puedan convivir sin miedo. Las Utopías no son un lujo: son infraestructura de paz.
El modelo de Iztapalapa tiene que dejar de ser la excepción. Municipios como Ecatepec, Neza o Tláhuac merecen lo mismo: espacios dignos que les devuelvan el derecho a la ciudad y las condiciones para construir una paz que no se mida solo en homicidios, sino en la calidad de la vida cotidiana de quienes los habitan.
CIPMEX · Centro de Investigación para la Paz México, A.C. · Paz que se piensa, paz que se construye