Publicado en El Sol de México
Ex colaborador de CIPMEX
Todos tenemos las mismas veinticuatro horas al día. La frase parece justa y, hasta cierto punto, es correcta. Sin embargo, en lo esencial resulta falsa. Aunque el reloj avance al mismo ritmo para todos, no todas las personas cuentan con la misma capacidad para decidir qué hacer con su tiempo.
Ahí se manifiesta una forma de desigualdad que suele pasar desapercibida. Mientras algunas personas pueden destinar parte de su jornada al descanso, la formación o la convivencia, otras ven absorbida gran parte de sus horas por jornadas laborales extensas, traslados largos y responsabilidades domésticas o de cuidado. La diferencia radica en las condiciones estructurales que determinan quién puede disponer de su tiempo y quién apenas alcanza a cumplir con sus obligaciones.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, mientras que los hombres destinan 18.2 horas. La diferencia supera las veintiuna horas por semana. A esto se suman los tiempos de traslado. Según datos retomados por la Secretaría de Economía a partir del Censo de Población y Vivienda 2020, en la Ciudad de México el trayecto promedio entre el hogar y el trabajo es de 43.4 minutos, y una de cada cinco personas tarda más de una hora en llegar a su empleo. Entre cuidados, trabajo y movilidad, el tiempo deja de parecer una medida neutral y revela una desigualdad concreta.
Esta discusión también es relevante para la construcción de paz. En la literatura sobre el uso del tiempo, conceptos como pobreza de tiempo o tiempo discrecional permiten observar que la desigualdad no solo se expresa en los ingresos o en el acceso a servicios, sino también en la capacidad real de decidir sobre la propia jornada. Esta idea dialoga con la noción de paz positiva de Johan Galtung, pues la falta de autonomía temporal puede entenderse como una condición estructural que limita el desarrollo de las personas. Cuando gran parte de la vida cotidiana se consume entre trabajo, cuidados y traslados, también se reducen las oportunidades de descanso, convivencia, formación y participación comunitaria.
La paz se sostiene en instituciones, políticas públicas y seguridad, pero también en la vida cotidiana. Se construye en la posibilidad de convivir, escuchar, cuidar, reparar vínculos y formar parte de una comunidad. Todo eso requiere tiempo. Por eso, cuando el tiempo se convierte en privilegio, la construcción de paz queda incompleta. Difícilmente puede hablarse de una sociedad pacífica cuando millones de personas apenas tienen margen para algo más que sobrevivir la jornada.
CIPMEX · Centro de Investigación para la Paz México, A.C. · Paz que se piensa, paz que se construye