Imagen: Jesús Toledo
Publicado en El Sol de México
Ex colaboradora de CIPMEX
Habitar la Ciudad de México se ha convertido en un ejercicio de resistencia cotidiana frente a un modelo que mercantiliza el espacio. Mientras el debate público suele diluirse en tecnicismos, los chilangos padecemos un despojo sistemático: la privatización voraz de la vivienda y del espacio público. Se trata de un proceso de expulsión en el que la especulación financiera le gana la partida a la vida en comunidad.
El problema arranca en la forma en que accedemos a la ciudad. Cuando la capacidad de pago comienza a determinar quién puede vivir, transitar y permanecer en determinados espacios, la convivencia se erosiona. En las demarcaciones centrales, familias y jóvenes son desplazados hacia la periferia y enfrentan horas de traslado en un sistema saturado. Si bien la Suprema Corte de Justicia de la Nación avaló un tope a los incrementos anuales de los alquileres ligado a la inflación (SCJN, 2026), esta medida apenas rasguña una crisis de vivienda atravesada por la gentrificación y las plataformas de alojamiento de corta estancia, que urge regular con rigor.
El problema también alcanza el suelo que pisamos. Lo que nació como una medida temporal de apoyo al sector restaurantero, mediante la colocación de enseres en la vía pública, terminó por extenderse sobre las banquetas. Caminar por corredores como la Roma o la Condesa implica sortear tarimas y mesas que obligan a los transeúntes, especialmente a niñas, niños y adultos mayores, a descender al arroyo vehicular, en contravención de la Ley de Movilidad local, que prioriza al peatón (Congreso de la Ciudad de México, 2014).
Cuando los espacios para transitar, permanecer y encontrarnos comienzan a estar condicionados por la capacidad de consumo, el espacio público deja de ser el lugar donde nos reconocemos como iguales. Esto no es solo un problema de movilidad o de vivienda; es una ruptura de la paz urbana. Al final, la paradoja de la metrópoli contemporánea no es solo que nos cueste caro vivir en ella, sino que nos exige dejar de ser habitantes para convertirnos en inquilinos tolerados de nuestra propia historia.
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